El clásico de las finanzas proporcionó una buena cotización en 1987. Fue el año escogido por Oliver Stone para estrenar “Wall Street” y, con ello, el reconocimiento de Michael Douglas como mejor actor en la celebración de los Óscar y los Globos de Oro. Entonces era el joven corredor de bolsa Bud Fox (Charlie Sheen) el que se dejó impresionar por la pericia ignominiosa de Douglas. A pesar de que al finalizar la película no se leyó en la pantalla aquello de to be continued, veinte años más tarde su director ha querido mostrar al público la crisis económica sufrida por Estados Unidos en 2008 pero alargando este clásico de magnates.
Con el título “Wall Street, el dinero nunca duerme” y con el célebre Gordon Gekko (Michael Douglas) recién salido de prisión por un delito de fraude financiero y ansioso por recuperar una posición que le glorificó años atrás, se planteará el nuevo panorama de capitales que dibujan Jules Steinhardt (Eli Wallach) y su Compañía Keller Zabel Investments. En ella trabaja el joven Jake Moore (Shia LaBeouf), un bróker especializado en energías renovables que convive con la hija de Gekko, Winnie (Carey Mulligan).
Una serie de rumores que disparan a la Compañía Keller conseguirán un resultado bursátil nefasto: una quiebra, el despido de 15.000 trabajadores y un suicidio. La reacción de Jake, en un mundo donde la ambición impera, es vengarse de los responsables. Poniéndose en contacto con Gordon Gekko, a espaldas de su novia Winnie quien rehúsa ver a su padre tras su paso por la cárcel, Jake descubrirá la implicación del competidor Bretton James (Josh Brolin) en todo el entramado. Esta relación interesada que consiente a Gekko manipular a Jake ofreciéndole información privilegiada mientras éste le facilitará un acercamiento a Winnie será la moneda de cambio. El punto de encuentro parece difícil, máxime si la reincidencia es un agravante reputado. Sin embargo, en esta ocasión, Wall Street dejará ver menos escrúpulos y más sentimientos. El saber hacer del inexperto consciente y las grandes frases no faltarán.
Grandes vistas de Nueva York, el nerviosismo bursátil bien ambientado, mesas redondas en plena ebullición y discursos sobre apalancamiento y codicia que ayudan a penetrar en la mente de estos grandes del parqué. Aún así, una cinta demasiado larga (131 min) con una trama que se anuncia antes de llegar al desarrollo y que si bien es verdad que en 1987 este mundo financiero pudo sorprender, actualmente, deja indiferente.

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